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Ejercicio y deterioro cognitivo: qué sabemos y qué no

La actividad física puede apoyar la función y la calidad de vida, pero no es una cura. Esto es lo que permite afirmar la evidencia.

22 de mayo de 20265 min de lecturaFernando Royano · CCAFYD
Mujer mayor practicando un ejercicio de coordinación con supervisión

Cuando una familia tiene un familiar mayor con deterioro cognitivo leve o diagnóstico de Alzheimer, el ejercicio físico raramente es lo primero en lo que piensan. La atención va a la medicación, a la estimulación cognitiva, a la organización del cuidado diario.

Sin embargo, la evidencia científica acumulada en los últimos 15 años sitúa al ejercicio físico como una de las intervenciones no farmacológicas más sólidas disponibles para ralentizar la progresión del deterioro cognitivo y mejorar la calidad de vida de estas personas.

No es una promesa de cura. Es algo más concreto y más verificable.

Qué dice la evidencia

La relación entre ejercicio físico y función cognitiva está entre las más estudiadas de la neurociencia del envejecimiento. El consenso actual apunta a varios mecanismos biológicos por los que el ejercicio beneficia al cerebro que envejece.

El ejercicio aeróbico regular promueve la neurogénesis en el hipocampo — la región cerebral más afectada en las fases iniciales del Alzheimer — y aumenta los niveles de BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), una proteína clave en la plasticidad y supervivencia neuronal [1]. En términos simples: el ejercicio estimula la creación de nuevas conexiones neuronales y protege las existentes.

Una revisión sistemática de 2020 publicada en el British Journal of Sports Medicine, que analizó 39 ensayos controlados con más de 5.000 participantes, concluyó que el ejercicio físico mejora de forma significativa la función cognitiva global en adultos mayores, con efectos especialmente marcados en memoria, atención y velocidad de procesamiento [2].

En personas ya diagnosticadas con deterioro cognitivo leve, los programas de ejercicio de 6 meses o más se asocian con una ralentización medible de la progresión y una mejora de la función ejecutiva [3].

Qué tipo de ejercicio tiene más evidencia

No todo el ejercicio tiene el mismo efecto sobre la función cognitiva.

El ejercicio aeróbico de intensidad moderada — caminar a paso vivo, bicicleta estática, ejercicios de movilidad con componente cardiovascular — tiene la base de evidencia más sólida para los efectos cognitivos directos [1, 2].

El entrenamiento de fuerza tiene efectos cognitivos también documentados, especialmente sobre la función ejecutiva y la velocidad de procesamiento, posiblemente mediados por la mejora del flujo sanguíneo cerebral y la regulación de factores de crecimiento [4].

Los programas multicomponente — que combinan fuerza, equilibrio, coordinación y componente aeróbico — muestran efectos más amplios que los programas de un solo tipo, tanto sobre la función cognitiva como sobre la capacidad funcional física [3].

El tai chi y el yoga adaptado también aparecen en la literatura con efectos positivos sobre cognición y equilibrio, aunque la base de evidencia es más pequeña que para el ejercicio aeróbico y de fuerza.

Qué no puede hacer el ejercicio

La honestidad importa aquí.

El ejercicio no detiene la progresión del Alzheimer ni de otras demencias. No revierte el daño neurológico ya producido. No sustituye a la medicación prescrita ni a la estimulación cognitiva específica.

Lo que hace es crear condiciones biológicas más favorables para el funcionamiento del cerebro que envejece — más flujo sanguíneo, más factores neurotróficos, mejor sueño, menos inflamación sistémica — y mantener la capacidad física que permite que la persona siga participando en su vida cotidiana con el mayor grado de autonomía posible.

En un contexto de deterioro cognitivo, ese mantenimiento funcional tiene un impacto enorme en la calidad de vida de la persona y en la carga del cuidado para la familia.

Consideraciones prácticas para personas con deterioro cognitivo

Trabajar con una persona con deterioro cognitivo requiere adaptaciones específicas que van más allá del conocimiento del ejercicio.

Las instrucciones deben ser simples, claras y repetidas con paciencia. Las sesiones deben tener una estructura predecible — mismo orden, mismo entorno, mismo profesional — porque la rutina es más fácil de retener y reduce la ansiedad. El trabajo debe ser en entornos conocidos: el domicilio es especialmente adecuado por esta razón.

La supervisión individual es imprescindible, no solo por razones de seguridad física, sino porque la persona puede no ser capaz de comunicar molestia, dolor o fatiga de forma clara.

El familiar o cuidador puede necesitar estar presente, especialmente al principio, tanto para facilitar la comunicación como para aprender los ejercicios que se pueden reforzar entre sesiones.

Lo que las familias suelen descubrir

En mi experiencia trabajando con personas mayores con deterioro cognitivo en Madrid, lo que las familias observan con más frecuencia después de un programa de ejercicio bien establecido no es un resultado en ningún test cognitivo — eso es difícil de notar en el día a día. Es otra cosa:

La persona duerme mejor. Está menos irritable. Participa más en las conversaciones los días que ha hecho ejercicio. Se mueve con más confianza. Tiene menos episodios de agitación vespertina. Y mantiene más tiempo la capacidad de hacer cosas básicas por sí misma.

Son beneficios que no aparecen en los titulares de los estudios, pero que para las familias que cuidan a estas personas son los que más importan.

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Referencias

  1. Erickson KI, Voss MW, Prakash RS, et al. Exercise training increases size of hippocampus and improves memory. Proc Natl Acad Sci USA. 2011;108(7):3017-3022.
  2. Northey JM, Cherbuin N, Pumpa KL, et al. Exercise interventions for cognitive function in adults older than 50: a systematic review with meta-analysis. Br J Sports Med. 2018;52(3):154-160.
  3. Groot C, Hooghiemstra AM, Raijmakers PG, et al. The effect of physical activity on cognitive function in patients with dementia: a meta-analysis of randomized control trials. Ageing Res Rev. 2016;25:13-23.
  4. Liu-Ambrose T, Nagamatsu LS, Voss MW, et al. Resistance training and functional plasticity of the aging brain: a twelve-month randomized controlled trial. Neurobiol Aging. 2012;33(8):1690-1698.

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