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Qué hacemos en una valoración funcional de una persona mayor
No buscamos poner una nota ni demostrar lo que alguien ya no puede hacer. Medimos su punto de partida para decidir qué necesita y comprobar después si está avanzando.

Si estás buscando ayuda para tu madre, tu padre o tu pareja, probablemente no necesites otra lista de ejercicios. Necesitas saber qué puede hacer hoy, dónde encuentra dificultad y qué merece la pena trabajar primero.
Para eso sirve una valoración funcional.
No es un examen que se aprueba o se suspende. Tampoco es una consulta médica ni un diagnóstico. Es una fotografía del punto de partida: cómo se levanta, cómo camina, cuánto equilibrio conserva y cómo se traducen esas capacidades en su vida diaria.
Primero hablamos de su vida, no de los tests
Antes de medir nada necesitamos contexto. Dos personas pueden obtener un resultado parecido y necesitar programas completamente distintos.
Preguntamos qué actividades quiere recuperar o conservar: bajar a comprar, ducharse sin ayuda, levantarse del sofá, salir al parque o volver a visitar a sus amigos. También revisamos antecedentes de caídas, dolor, operaciones recientes, medicación relevante, ayudas técnicas y recomendaciones sanitarias.
La pregunta importante no es solo «¿cuánto tarda?», sino «¿para qué necesita mejorar esto?».
Qué observamos durante la valoración
Equilibrio
Comprobamos cómo mantiene distintas posiciones de pie y qué apoyos necesita. No buscamos llevar a nadie al límite. Queremos saber desde qué situación puede trabajar con seguridad.
Velocidad de marcha
Caminar unos metros aporta información sobre la movilidad global. Observamos el ritmo, la longitud del paso, los giros, la estabilidad y si aparece fatiga o inseguridad.
Levantarse y sentarse
Este gesto reúne fuerza de piernas, coordinación, movilidad y confianza. Es una capacidad que se repite constantemente: sofá, baño, cama, coche o mesa.
Capacidad funcional de las piernas
Cuando la situación lo permite utilizamos la Short Physical Performance Battery (SPPB), una batería objetiva que integra equilibrio, marcha y levantarse de una silla. El National Institute on Aging la describe como una herramienta para evaluar el funcionamiento de los miembros inferiores en personas mayores [1].
Riesgo de caídas
Una puntuación física no cuenta toda la historia. Por eso preguntamos por caídas recientes, dificultad para caminar, miedo a caer y otros elementos que pueden modificar el riesgo.
Cómo tenemos presente VIVIFRAIL
VIVIFRAIL nos aporta un marco útil: valorar la capacidad funcional, comprobar por separado el riesgo de caídas y orientar el ejercicio según el punto de partida [2].
Su propuesta utiliza el SPPB para distinguir perfiles funcionales y contempla programas multicomponente adaptados. Eso ayuda a ordenar la información, pero no sustituye el criterio profesional ni obliga a copiar un programa cerrado.
En ANTEA lo usamos como base de razonamiento, no como una etiqueta. Después incorporamos el entorno de la persona, sus objetivos, su experiencia previa, sus preferencias y cualquier indicación médica.
Qué ocurre después
Con los resultados elegimos prioridades. Una persona puede necesitar más fuerza para levantarse, otra confianza al girar y otra resistencia para completar un paseo sin agotarse.
El programa puede combinar:
- Fuerza y potencia adaptadas.
- Equilibrio estático y dinámico.
- Marcha y cambios de dirección.
- Movilidad y flexibilidad cuando son necesarias.
- Trabajo de resistencia ajustado a la situación.
También dejamos una referencia inicial para repetir algunas pruebas más adelante. Así no dependemos únicamente de impresiones como «parece que está mejor». Podemos comprobar qué ha cambiado y decidir si toca progresar, mantener o modificar el trabajo.
Lo que una valoración no puede decir por sí sola
Un resultado bajo no explica automáticamente la causa. Puede influir el dolor, el cansancio, una enfermedad reciente, la medicación, el miedo o no haber entendido bien una instrucción.
Por eso evitamos diagnosticar a partir de un número aislado. Si aparece dolor nuevo, mareo, pérdida brusca de capacidad o una situación que excede nuestro ámbito, la prioridad es derivar al profesional sanitario correspondiente.
Una buena valoración no termina con una puntuación. Termina cuando la familia entiende qué hemos observado, qué vamos a trabajar y por qué.
Qué conviene preparar antes de la valoración
No hace falta convertir la visita en un examen. Ayuda tener a mano el informe de alta si existe, una lista actualizada de medicación y los apoyos que utiliza habitualmente. También conviene pensar en dos o tres situaciones concretas que hayan cambiado: levantarse del sofá, llegar al portal o ducharse sin ayuda.
La ropa debe permitir moverse con comodidad y el calzado ha de ser el que la persona usa de verdad. Evaluar con unas condiciones artificiales aporta menos información que observar cómo resuelve su rutina habitual.
Qué ocurre después
La valoración termina con una explicación comprensible para la persona y su familia: qué capacidades conserva, dónde aparecen las principales limitaciones y qué objetivos tienen sentido. Si podemos ayudar, proponemos un punto de partida y una forma de medir la evolución. Si detectamos algo que necesita revisión sanitaria, lo decimos antes de iniciar el programa.
Una buena valoración no busca acumular pruebas. Busca responder una pregunta práctica: qué necesita esta persona para moverse con más seguridad y autonomía en su vida real.
También puedes leer qué mide el SPPB y qué señales indican pérdida de fuerza.
Referencias
- National Institute on Aging. Short Physical Performance Battery (SPPB). Actualizado en 2025.
- VIVIFRAIL. Guía de prescripción y materiales para profesionales.
- World Health Organization. Integrated Care for Older People (ICOPE): guidance for person-centred assessment and pathways in primary care.
Escrito por Fernando Royano
Graduado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (CCAFYD), con 14 años como entrenador personal a domicilio en Madrid, especializado en personas mayores.
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